—¿Estás resuelto?
—Estoy resignado á seguirte, porque así lo quieres; decidido á sufrir puesto que es preciso.
—Está bien. Tenemos pocos instantes disponibles. Hace dos horas que me paseo por el presidio, para hacer tiempo, oyendo la charla de un idiota que ha sido notario y de un mentecato que ha sido médico. ¡Pobre amigo! Eso es lo que hubieran hecho de ti diez años de esta infernal existencia. Más vale morir al tratar de ser libre.
Mientras hablaba, Tragomer se estaba desnudando. Debajo de su americana blanca, traía una blusa de lana azul igual á la de Dougall y debajo del pantalón, otro de la misma tela que la blusa. En seguida sacó del bolsillo una boina bordada de rojo y un par de zapatos.
—¡Vamos! vivo… ¡Desnúdate! ¿No podrán sorprendernos?
—No, no vendrá nadie, si el vigilante se ha marchado realmente. ¿Pero cómo me quito la cadena?
—¡Espera!
Tragomer sacó un martillo y una pequeña lima de acero montada sobre una ballesta. Cristián no pudo menos de sonreir.
—¡Herramienta de ladrón!
Estaba ya manejando la lima con destreza y la limadura de hierro caía en polvo sin producir el menor ruido. Al cabo de un cuarto de hora la anilla del brazo estaba limada hasta la mitad de su espesor. Entonces, un golpe seco con el martillo la hizo quebrarse. La operación fué más fácil y más pronta para anilla de la pierna. La cadena cayó al suelo y Jacobo pudo extender sus miembros, libres ya del infamante lazo. Tragomer cogió la cadena y se disponía á ocultarla, pero Jacobo dijo: