—¡Pardiez! Bien ha visto usted que aquel diantre de sargento quiso matarme. Una de sus balas se llevó mi gorra y si da dos milímetros más abajo se lleva la cabeza.
—¡Pero usted no le ha errado ni ha tardado en echarle al agua!
—Amigo mío, dijo gravemente Marenval, en aquel instante no había que andar con paños calientes. Vi que todo se iba á perder si no echaba á pique la tal embarcación y ¡qué diablo! no dudé.
—Hizo usted perfectamente, Marenval. Sin usted todo estaba perdido.
—Lo sé, y no estoy descontento de mi manera de obrar. Pero sepa usted que no era de los carceleros de lo que yo tenía más miedo por todos. Desde que nos separamos del yate, venía siguiéndonos un enorme tiburón que parecía acechar el momento en que alguien cayese al agua. Es un milagro que no haya intervenido en la pelea…
El movimiento de los barcos, los gritos de los canacos y la rapidez de la acción le habrán espantado. Yo también temía la presencia de algún escualo y me había provisto de un cuchillo para no dejarme devorar sin defensa.
—Supongo, dijo fríamente Marenval, que se habrá dado un banquete con el grueso sargento que tanto empeño tenía en fusilarme…
—¡Se va usted haciendo feroz, amigo mío!
—Yo soy así cuando se me saca de mis costumbres… Y á propósito ¿y el buen Dougall?
—Conforme estaba convenido Dougall ha debido ir á la lancha de la administración como si nada supiera. Seguramente ha sido detenido por el vigilante que me acompañaba.