—¿Era el sargento grueso?

—¡No! Aquel no venía á perseguirnos, y me alegro. Era un buen hombre y no hubiera querido hacerle mal. Tenía una manera tan cómica de llamarme: "Milord"… Porque sepa usted, Marenval, que nadie quitará de la cabeza á las autoridades coloniales que han sido los ingleses los que han dado el golpe.

—Ha tomado usted todas las precauciones para que sea así. ¿Pero qué le sucederá á nuestro marinero?

—Dougall es un muchacho muy inteligente. No sabe ni una palabra de francés y á todas las preguntas que le hagan responderá: "No comprendo; llevadme ante el cónsul de Inglaterra". Una vez ante el cónsul, está salvado. No ha tomado parte en nada y se ha separado de mí en el momento comprometido. El haberle abandonado prueba que no estaba enterado de nuestros proyectos. Para las autoridades de Numea, que tienen nuestros papeles, ese hombre pertenece á la tripulación del Albert-Édouard, del puerto de Southampton. Llegado á alta mar el Albert-Édouard se convierte en el Magic, y que busquen. Durante este tiempo Dougall, con las cien libras que le he dado, tomará el vapor para Sydney y, créame usted, llegará á Inglaterra antes que nosotros, porque no tendrá que atravesar ese endiablado canal de Torres, sembrado de escollos peligrosos.

Marenval hizo un signo de asentimiento. Luego preguntó:

—¿Cree usted que nos perseguirán?

—Dentro de una hora lo sabremos. Pero eso no me inquieta. Corremos como el viento y no será un aviso del Estado el que pueda darnos caza. Esos ingleses saben hacer barcos, no hay que negarlo. Aquí tiene usted un navío de recreo que corre como un torpedero.

—¿Mantendremos mucho tiempo esta velocidad?

—Hasta que salgamos de las aguas francesas. Una vez en las aguas neutras tomaremos nuestra marcha de paseo.

—¿Y cuándo estaremos fuera do todo peligro?