—¡Jamás!, dijo. El Jacobo de otro tiempo ha muerto. Se ha quedado en el presidio con la cadena del penado. El Jacobo que te llevas no tendrá más que una preocupación en la vida, la de hacer olvidar á los que le aman las penas que les ha causado.
—Lo apruebo, dijo Cristián, porque es justo. Pero ven conmigo á tu camarote… Te vestirás mientras Marenval se levanta; él no es tan madrugador como yo y además las fatigas y las emociones de esta terrible jornada le habrán rendido… Pero está contento y orgulloso. No daría su expedición por el doble de lo que le ha costado… Lo único que siente es no llevarse la gorra atravesada por la bala del vigilante. ¡Qué trofeo para un hombre pacífico!… Pero aquí tenemos á nuestro capitán…
Un joven rubio, de cara sonrosada, se adelantó hacia ellos.
Tragomer dijo:
—M. Edwards, presento á usted á mi amigo el conde de Freneuse. En este momento no está del todo presentable, pero usted le verá dentro de un momento más correcto.
—Celebro, caballero, dijo el marino con un acento inglés muy pronunciado, haber contribuído á sacarle de penas… Lo que mis patrones me habían contado me ha hecho fácil y agradable el servicio que les he prestado… Hemos arriesgado algunas cosillas, añadió el inglés sonriendo; pero en este momento estamos bajo la protección de esa bandera…
Y el capitán señaló orgullosamente al pabellón británico que flotaba en el palo de popa.
—¿De modo que está usted enteramente tranquilo? preguntó Tragomer.
—Estoy en el mar qué pertenece á todo el mundo; soy dueño de mi barco; y si alguien quisiera hablarme, le respondería con esto.
Dió un golpe amistoso en una de las largas piezas de cobre que iban perezosamente echadas en el puente, y añadió con una hermosa confianza nacional: