—Y toda Inglaterra estaría detrás de mí.

—¿Dónde estamos en este momento y á dónde nos dirigimos? preguntó
Tragomer.

—Estamos atravesando Bowen, en Australia, y tenemos la proa hacia Nueva Guinea. Voy á acortar la marcha, para no agotar inútilmente nuestras carboneras, pues no podremos llenarlas hasta Batavia. Vamos á navegar á la vela.

—Haga usted lo que crea conveniente, capitán. Nuestro interés es dejarnos llevar.

Bajaron al salón y se dirigieron á los camarotes. Por primera vez desde hacía mucho tiempo Jacobo encontraba el lujo y la comodidad á que estaba acostumbrado desde la niñez. Le habían preparado un ancho camarote amueblado con una cama, un armario de espejo y un lavabo. En todos los detalles brillaba la limpieza inglesa y Jacobo encontró con alegría infantil los cepillos, los frascos y los utensilios de tocador que constituyen los cuidados y la elegancia de la vida.

Se dejó caer en una butaca mirando al rededor, como si no se cansara de contemplar lo que veía; pero de repente palideció. En la cabecera de la cama y en marcos de oro acababa de ver los retratos de su madre y de su hermana. Vestidas de negro, tristes y desmejoradas, parecían llorar al ausente. El día antes de salir de Southampton, Marenval había recibido aquellas fotografías destinadas á Jacobo y que representaban una promesa de perdón.

—¡Qué cambiadas están! dijo Jacobo después de un largo silencio.

—Y sin embargo, en ese momento empezaban á esperar…

—¿Cómo hacerlas olvidar lo que han sufrido por mí?

—¡Oh! Muy fácilmente. En las madres y en las hermanas hay tesoros de indulgencia. Les bastará volverte á ver. Lo que más daño les ha hecho no es creerte culpable, sino saber que eras desgraciado.