—Dime cuál ha sido su existencia desde hace dos años.

—La de dos reclusas voluntarias. Han huído del mundo á quien acusaban de tu pérdida, y se han confinado en su casa para llorar á sus anchas. Todo lo que no fueses tú era extraño para ellas. Todo lo que no participaba de su fe en tu inocencia y de su desolación por tu martirio, fué separado sistemáticamente. Yo mismo…

—¿Tú, Cristián? exclamó Jacobo con sorpresa.

—Sí, yo; porque en el primer momento de estupor incliné la cabeza ante la sentencia que te condenaba; porque no reaccioné bastante pronto contra la infamia que te era impuesta, fuí rechazado por tu madre y por tu hermana…, ¡por tu hermana, á quien amo, por María, que estuvo aún más dura que su madre! Su puerta se me cerró, como si yo fuera un importuno ó un enemigo… Y á pesar de mis esfuerzos nada pude conseguir hasta que di con los primeros indicios del error de que habías sido víctima. Sólo entonces la señora de Freneuse consintió en verme y no puedes figurarte la intransigencia de tu hermana… Hasta el último minuto no se presentó delante de mi y si me estrechó la mano fué porque afirmé que iba á arriesgar mi vida por salvarte.

—¡Querida María! Y tú, pobre Cristián, también has sido desgraciado por mi causa…

—Pero tomaré un brillante desquite. Cuando te arroje en sus brazos tendrá que reconocer que no soy un ingrato ni un indiferente, su altivez se humanizará y la volveré á ver como en otro tiempo, sonriente y afectuosa.

Jacobo se puso grave y dijo con lentitud, como si pesase las palabras:

—Hace veinticuatro horas, Cristián, estoy reflexionando sobre todo lo que me has revelado. La noche que precedió á mi evasión, mientras yo temblaba por sus consecuencias, y anoche, en fin, cuando me encontré libre entre las inmensidades del mar y del cielo y en presencia de Dios, pensé en todo lo que tiene de extraño tu relato y resolví perseguir la prueba del crimen que se ha cometido conmigo. Me he convencido de que mi primer deber es rehabilitarme. Mi madre y mi hermana han llorado durante dos años; yo he padecido torturas inconcebibles, mientras los verdaderos culpables se regocijaban por mi pérdida y se reían de mi vergüenza. Son unos monstruos y quiero castigarlos. Si Lea está viva, si Sorege es cómplice de su desaparición y la sustituyeron con otra víctima, es preciso que la verdad brille y que se sepa qué móviles les guiaron y cómo lograron engañar á la justicia y á mí mismo. Es indispensable que me digas todo lo que sabes y que yo te cuente lo que ignoras. Porque ante los jueces no lo he dicho todo, no podía decirlo. He dejado sin esclarecer ciertos misterios porque no quise comprometer á alguien á quien yo creía extraño al asunto. Pero ¿quién sabe si me engañaba? Cuando hayamos restablecido los hechos de un modo verosímil, ya que no real, convendremos el modo de obtener el resultado que ambicionamos.

—¡Al fin! Estas son las palabras que yo esperaba, que yo preveía, exclamo con fuego Cristián. ¿No lo has dicho todo ante los jueces? ¿Has temido comprometer á quién? ¡Acaso á los mismos que te perdían! Pero vamos al fin á comprenderlo todo y á descifrar este enigma… Esperemos á Marenval, que tiene derecho á saber lo mismo que nosotros.

En el mismo momento se abrió la puerta, y Cipriano se adelantó hacia
Jacobo con las manos tendidas, sonriente y dichoso.