—¡Ah! ¿Eso te interesa? Ya la verás. Es una americanita impetuosa y fantástica, que no será fácil de conducir. No doy diez céntimos por Sorege como ella sepa sus villanías…

—¿Piensas que ni Lea ni Sorege sospechan la posibilidad de mi aparición?

—¿Cómo han de sospecharla? Te creen tan definitivamente enterrado como á la mujer asesinada. No puedo dudar que Sorege tuvo cierta inquietud al verme hacer averiguaciones sobre la existencia de Lea y sobre sus relaciones con ella. Su actitud, sus palabras, todo me prueba que adivinó que yo poseía parte del secreto. Pero entre esa parte y el todo hay tal distancia, que tiene la convicción de que nunca llegaré á descifrar el enigma. Y no se equivoca después de todo, pues aun después de nuestra audaz tentativa estamos á merced de los sucesos y de los individuos y va á ser preciso que tú mismo aparezcas para confundirle y desenmascarar á su cómplice.

—Lo lograré, estoy seguro, dijo Jacobo con firmeza. No habréis hecho por mí inútilmente lo que habéis hecho. Estoy comprometido en la misma empresa que vosotros y la proseguiré hasta el último límite. Si Sorege, como tú afirmas y yo empiezo á creer, ha desempeñado un papel abominable en mi terrible aventura, te respondo que será castigado como merece.

Se pasó la mano por la cara, súbitamente ensombrecida, y continuó:

—En cuanto á Lea, no sé á qué móviles habrá obedecido al procurar mi pérdida de un modo tan cruel… He cometido faltas para con ella, pero por culpable que haya sido, su venganza ha traspasado todos los límites… Si me hubiese arrancado la vida, todavía sería excusable, pero anonadarme bajo tal infamia, deshonrar á los míos y condenarnos á todos á un dolor cuyo único fin debía ser la muerte, indica un alma tan horrible, que me considero libre de obrar respecto de ella sin consideración alguna. No creo extralimitarme de mi derecho defendiéndome como he sido atacado; sin piedad. Podeís, pues, amigos míos, contar conmigo, como yo cuento con vosotros. Para vuestra justificación, para que yo me rehabilite, es preciso que logremos nuestros fines. En la lucha que comienza sólo puedo perder la vida, que no vale gran cosa, pero aun así la estimo en tanto como la de Sorege. Ahora, como decíais muy bien hace un instante, tenemos delante de nosotros dos meses para reflexionar. No hablemos ya de nada; dejadme volver á entrar en la vida libre en medio de vosotros. Tengo necesidad de reponerme física y moralmente, para estar á la altura de lo que podéis esperar de mí.

El puente estaba oscuro. La noche de los trópicos, se había apoderado bruscamente del mar y la estela del navío aparecía iluminada por misteriosas fosforescencias. La oscuridad confundía vagamente las formas de los tres amigos.

—Estamos á 15 de febrero, dijo Marenval. En este momento hace en París, probablemente, un frío del diablo y sus calles están enfangadas de escurridiza nieve. Aquí, en cambio, gozamos de una temperatura de verano… Cuando lleguemos al Mediterráneo el mes de Abril habrá traído el sol. Nos pasearemos por la costa durante algunos días para hacer notar nuestra presencia, y pasando por Gibraltar, nos dirigiremos á Inglaterra… Entonces empezará la batalla. Hasta ese momento vivamos alegremente. El tiempo está hermoso, la mar bella. En la primera escala enviaremos un telegrama á mi criado para que lo transmita á la señora de Freneuse. Una vez que esa señora esté tranquila sobre la suerte de su hijo, todo irá bien.

—Los señores pueden bajar á comer cuando gusten, dijo el camarero apareciendo en la puerta de la cámara.

—¡Á la mesa!