—¿Estaba usted en el teatro? La ópera fué muy bien… Novelli fué muy aplaudido… y yo no poco.
La cantante se sentó cerca de Sorege en una silla baja, al lado de la chimenea.
—Sí, estaba en el teatro y no era solo á devorar á usted con los ojos; había otras personas que se interesaban igualmente por usted…
—¿Su prometida de usted y el buen Julio Harvey, sin duda? dijo Jenny en tono irónico y con una viva mirada.
—Sí, ciertamente. Miss Harvey y su padre eran de los que más admiraban
á usted, dijo Sorege, aunque no fuera más que á título de compatriotas.
Pero no me refería precisamente á ellos, sino á dos antiguos conocidos;
Cristián de Tragomer y Marenval.
Las facciones de la cantante adquirieron gran dureza. Sus párpados, al cubrir los hermosos ojos grises, proyectaron una sombra sobre la cara y su boca se crispó.
—¿Acaban de llegar? preguntó.
—Llegaron ayer mañana. Venía á advertir á usted para que no se sorprenda si se ve repentinamente en su presencia.
Jenny hizo un gesto de cansancio.
—Creía poder contar con más seguridad. ¡Siempre este cúmulo de inquietudes y de recelos cuando creo haberlos alejado definitivamente.