—¿Está ahí? preguntó la joven.

—En el salón.

María le ofreció la mano al llegar á la escalera, no se sabe si para que se la besara ó para apoyarse al bajar, pero ello fué que Cristián sintió por primera vez la alegría de que se le entregase aquella mano que durante dos años le había rechazado tan duramente.

—Venga usted, madre mía, dijo la joven precediendo á la anciana.

Entraron en la semioscuridad del puente. Se abrió una puerta, se oyó un grito ahogado y enfrente de ellas, tal como lo conocían cuando era dichoso, bello, joven y sonriente, apareció Jacobo tendiéndolas los brazos. La señora de Freneuse, pálida como una muerta, permaneció un instante inmóvil, devorando con los ojos á aquel hijo á quien creyó no volver á ver; estalló después en sollozos y ocultó el rostro con las manos como si temiera que se disipase aquella visión deliciosa. Se sintió transportada más bien que conducida á un sillón y cuando abrió los ojos encontró á su hijo de rodillas que la miraba llorando.

—¡Oh! querido hijo ¿eres tú? balbució la pobre mujer. ¿Es posible que seas tú? Dios ha hecho por nosotros un milagro.

—Sí, querida madre, dijo gravemente Jacobo, pero nuestros fieles amigos lo han ejecutado. Les debemos mucho, porque no sólo han salvado mi vida, sino el honor de nuestro nombre.

—¿Cómo pagarles jamás?

—¡Oh! no hablemos de eso. El agradecimiento es dulce cuando se dirige á corazones nobles y querer pagar es privarse de un goce muy grande. Pero tranquilícese usted. Nuestra deuda es de las que se pagan cómodamente, al menos en lo que se refiere á uno de mis salvadores…

María se ruborizó á estas palabras de su hermano, pero no apartó los ojos de Tragomer y dibujó en sus labios una sonrisa. Volvió en seguida á Jacobo á quién no se cansaba de ver, de tocar y de besar. Marenval, apoyado en la pared de la cámara presenciaba esta escena conmovedora sin tratar de contener su enternecimiento. Estaba esperando hacía dos meses el momento de poner á Jacobo en los brazos de su madre y se prometía goces deliciosos. Con frecuencia decía á Tragomer: "¡Será una escena extraordinaria!" Después tuvo que confesar que él, Marenval, un perro viejo de la vida parisiense, gastado y escéptico, se había emocionado más de lo que esperaba y había llorado como un majadero. Se inclinó al oído de Marenval y le dijo: