—Dejémoslos juntos. Volveremos dentro de un instante. Me escuecen los ojos y necesito tomar el aire.

Salieron sin que las dos mujeres, en su egoísta alegría, advirtiesen siquiera su ausencia. Estaban ocupadas en indemnizarse de toda la ternura de que habían estado privadas dos años.

—¿Estás seguro, querido hijo, de que no corres aquí ningún peligro?

—No, á condición de no dejarme ver. Si mis enemigos sospechasen mi presencia podrían denunciarme. Pero esta situación no se prolongará. Dentro de unos días no tendremos que tomar precauciones para vernos.

—¡Qué delgado estás y qué pálido!

Pues he mejorado mucho desde hace dos meses… Ahora tengo pelo y bigote al menos… Si me hubierais visto cuando me escapé, os hubiera dado lástima…

—¡Tanto habrás sufrido!

—Sí, madre mía, pero he sufrido útilmente. Encerrado en aquella tumba con la certidumbre de no salir jamás de ella, he reflexionado, he examinado mi vida pasada y la he juzgada con severidad. Así he llegado á pensar que estaba pagando, con dureza, acaso, pero muy justamente, las faltas que había cometido. Un último favor del destino colocó á mi lado un sacerdote excelente, el capellán del presidio, que se interesó por mi desgracia al verme tan diferente de mis compañeros de expiación. Se dedicó á conducirme al bien y de sublevado y furioso, me convirtió en dulce y resignado. Despertó en mi alma las creencias de la infancia y me mostró el cielo como supremo recurso y la oración como único consuelo. Si durante aquellos largos días, dedicados á un trabajo grosero y repugnante, y aquellas interminables noches ardientes y febriles, no hubiera tenido la idea de Dios para calmar mi espíritu, me hubiera vuelto loco ó me hubiera matado. Había tomado esa resolución al llegar, después de pasar sesenta y cinco días encerrado en una jaula con la escoria del género humano, sin oir más que palabras infames, cantos obscenos y proyectos de venganza y viviendo ante la boca de un cañón cargado de metralla. La existencia me pareció imposible de soportar y me propuse escapar de ella dándome muerte.

—¡Desgraciado niño! gimió la señora de Freneuse poniendo sus temblorosas manos sobre la cabeza de su hijo… ¡Un suicidio!…

—¡Oh! no, madre mía; hubiera sido inútil. Desde el primer día mis compañeros me tomaron odio. Me llamaban aristócrata y niño mimado. Hay una jerarquía hasta entre esa gente abyecta, y los más infames son los más respetados. Al verme tan diferente de ellos, me tomaron por un espía y un día en que el vigilante se ausentó por unos instantes del campo en que trabajábamos penosamente al sol, se arrojaron en grupo sobre mí. Su plan era muy sencillo. Estábamos arrastrando por el camino un enorme rodillo para aplastar la piedra y decidieron echarme delante de aquella pesada masa y pasarla por encima de mí. De este modo se trataba de un simple accidente; me había faltado el pie y el rodillo, no pudiendo ser detenido repentinamente, me había aplastado…