—Vive y está en Londres. Anoche cantó en Covent-Garden y asistí á la representación con mis amigos. En un palco oscuro y con la cara pintada como un actor para que nadie me reconociese, pasé la velada en presencia de Lea Peralli. Tragomer no se había equivocado; es ella… Pero se conoce en su cara la huella de los remordimientos. Á despecho de su belleza, siempre brillante, esa mujer sufre, estoy seguro. No sé qué vértigo la arrebató en el momento de cometer la acción atroz de que yo he sido responsable, pero estoy cierto de que la deplora y acaso esté dispuesta á repararla. Dentro de poco sabré á qué atenerme, pues es preciso que intente cerca de ella un paso decisivo, del que dependerá el éxito de nuestra empresa.
—¿No podría haber otra influencia que la tuya para convencer á esa mujer? dijo María. ¿No será accesible á la piedad? Si yo fuese á verla para suplicarla…
—No; es imposible. Sería ponerles en guardia sin obtener ningún resultado. Comprendo, querida María, que tienes miedo por mí y que quieres impedirme que me exponga. Temes que enloquecida al verme, Lea será capaz de armar escándalo, de llamar y de hacerme prender… No temas nada. Es una mujer demasiado inteligente para recurrir á medios tan vulgares. La discusión entre los dos tendrá un carácter muy distinto. No temo ninguna traición ni ningún golpe de fuerza. Menos seguro estaría si tuviera que habérmelas con mi excelente amigo Sorege…
—¡Ah! miserable…
—Sí, muy miserable… Ese merece todo nuestro odio y todo nuestro desprecio. ¡Pero paciencia! Esperemos á saber exactamente qué papel ha desempeñado en el drama y yo respondo de que será castigado por todo lo que nos ha hecho sufrir.
La fisonomía de Jacobo se puso sonriente y el joven se sentó entre su madre y su hermana.
—Pero bastante hemos hablado de esas atrocidades y de sus autores. Purifiquemos nuestro pensamiento y dulcifiquemos nuestro corazón. Decidme lo que hacéis y cómo estáis instaladas en Londres. No quiero que viváis ya tristes y encerradas; se acabaron los trajes negros y los velos sombríos. María es una muchacha y parece una abuela. ¿Acaso su corazón permanecerá siempre sumido en la tristeza y no se abrirá á más dulces sensibilidades?
María se ruborizó y volvió los ojos.
—Tragomer me ha confiado sus intenciones. Sé cuál fué su proceder, pero también conozco cuánta fué tu severidad. Cristián ha reparado un momento de abandono con muchos meses de perseverancia y si estoy ahora entre vosotras, á el se lo debemos, no hay que olvidarlo. Nunca sabréis, pues yo mismo lo ignoro, los prodigios de inteligencia y de valor que ha tenido que hacer para llegar á libertarme. Os diré lo poco que sé y esto bastará para llenaros de admiración y de reconocimiento hacia mis dos salvadores: Marenval y Cristián. Marenval creo que encontrará la recompensa en su misma satisfacción. Se ha conducido como un héroe y este convencimiento basta para hacerle feliz. Pero ¿y Cristián? ¿Cómo pagarle si María no se encarga de esta deuda?
La señorita de Freneuse miró á su hermano y dijo con admirable sonrisa: