—Yo sabía que podría recompensarle de todo lo que iba á arriesgar por nosotros y él también estaba seguro de que tendría en cuenta su fidelidad. No le hago, sin embargo, la injuria de pensar que lo ha hecho solamente para satisfacerme; creo que en su sacrificio ha entrado la amistad en igual proporción que el amor… Pero podéis estar tranquilos; yo me encargo de ese vencimiento…

—¿Puedo llamarle? Sería justo decirle algunas palabras de esperanza…

María asintió con un movimiento de cabeza, Jacobo tocó un timbre eléctrico, al que no acudió el camarero, sino los patrones del yate, Marenval y Tragomer. María, de pie en el salón, un poco pálida bajo la cruda claridad de los tragaluces orlados de cobre, veía llegar á Cristián. ¿Le había amado antes de rechazarlo tan duramente? Aquella altiva y grave joven no era de las que dicen ligeramente los secretos de su corazón. En aquel momento miraba fijamente á Tragomer, que con su busto de gigante y sus brazos de Hércules, temblaba de emoción.

—Quería, precisamente, hablar con usted, señor de Tragomer, dijo María con acento firme. Hace seis meses, cuando usted partió, me tendió la mano y yo le di la mía. Por parte de usted, aquello fué pedirme que olvidase sus agravios, y por la mía consentir. Acaso no era eso todo lo que usted deseaba, pero yo no podía conceder más. Después ha adquirido usted grandes derechos á nuestra gratitud y mi hermano asegura que yo sola puedo recompensar como conviene la afectuosa adhesión que usted le ha demostrado. Yo no soy de las que se muestran ingratas y penetrada de agradecimiento hacia usted, estoy dispuesta á darle la prueba que me pida.

Los ojos de Tragomer se turbaron, temblaron sus labios, quiso hablar y no pudo. Alargó tímidamente la mano y permananeció inmóvil y mudo, con el pecho agitado por una emoción indescriptible. María le ofreció su mano delicada y dijo dulcemente:

—¿Quiere usted que le dé ahora la mano que usted me pedía antes de su viaje?

Tragomer la cogió, la estrechó con efusión y llevándosela á los labios, se inclinó como delante de un ídolo y contestó:

—¡Sí, para siempre!

—Es de usted. Pero recuerde que no se unirá á la suya sino cuando el nombre de la que se la concede esté lavado de toda mancha. Seré su mujer, Cristián, cuando pueda usted casarse conmigo con la aprobación de todo el mundo.

—Esté usted tranquila, María, y usted también, señora; ese momento no se hará esperar.