—Comí ayer con él en casa de Harvey. Se habló de usted y con magnífica impudencia, le estuvo elogiando.
—Paciencia; no me elogiará siempre. Esta es una cuenta pendiente entre los dos, que yo me reservo. Quiero decirle de una vez para siempre lo que pienso de su carácter y de sus perfidias. Si no resulta tan comprometido en compañía de Jenny Hawkins, que tengamos que dejarle arreglárselas con el comisario.
Pedro de Vesín movió la cabeza.
—¡Ah! el mozo es muy fuerte para que pueda usted reducirle tan fácilmente. Está metido en una partida de tal índole, que se defenderá con furor. Piense usted que se trata para él de ser ó de no ser, como dice muy bien sir Enrique Irving. Si triunfa, tiene los millones de Julio Harvey, sin contar el gusto de haberse burlado de nosotros. Si fracasa… ¡Ah! amigos míos, entonces será peligroso. El tigre acorralado, seguro de su pérdida, querrá hacer algunas víctimas… ¡Cuidado con él en ese momento!
—Yo he matado tigres, dijo tranquilamente Tragomer, y la cosa no es tan terrible… Usted no hace justicia á Sorege; es infinitamente más terrible.
Jacobo había asistido á todo este diálogo sin pronunciar ni una palabra y como absorto en sus reflexiones. Se hubiera podido creer que no oía. Pareció, sin embargo, escuchar con interés las últimas palabras de Cristián, pues dijo, poniendo suavemente la mano en el brazo de su amigo:
—Nadie tiene derecho de disponer de Sorege sin mi consentimiento. No pertenece á nadie más que á mi y no pienso abandonarlo ni aun á la justicia. Tendré la piedad suprema, que él no tuvo conmigo, de sustraerlo á la vergüenza. Si su infamia ha sido tal como la sospecha Tragomer, me reservo el derecho de juzgarle y de castigarle.
Tragomer bajó la cabeza.
—Es justo, dijo, y nada tengo que contestar.
—En cuanto á Lea Peralli, continuó Jacobo, no esperaréis mucho tiempo sin saber á qué ateneros. Mañana mismo tendremos una solución.