—¡Y esa inocencia era conocida de Sorege, según ustedes!

—No cabe duda.

—¿Podrán ustedes probarlo?

—Resultará claramente de la prueba que vamos á intentar y para la cual necesitamos el concurso de usted. Vea, pues, de lo que se trata. Pasado mañana comemos en casa de su padre de usted con algunos de sus amigos. Manifieste usted desde hoy el deseo de tener en su casa esa noche á la cantante Jenny Hawkins, de Covent Garden. Sorege la conoce y si usted sabe pedirlo, servirá de intermediario para llevar á la artista.

—Así se hará. ¿Y después?

—Nada más. El resto queda de nuestra cuenta. Es indispensable que sea usted prudente y no diga ni una palabra á Sorege. Tiene usted amigos en su casa á quienes obsequiar, ha oído en el teatro á Jenny Hawkins y tiene el capricho de hacerla venir… Si él hace objeciones, insista usted, pero no nos descubra.

—Esté usted tranquilo.

—Yo pediré á usted solamente una invitación para un joven inglés amigo mío, que irá por la noche á su casa de usted á tomar una taza de te.

—¿Cómo se llama?

—Para todo el mundo se llamará sir Herbert Carlton; para usted, Jacobo de Freneuse.