—¿En el Támesis?
—Delante de los Docks. Su madre y su hermana van á verle mañana mismo; para ello han llegado ocultamente á Londres, pues su presencia aquí daría mucho que pensar y sólo obrando misteriosamente podemos lograr nuestra empresa.
—¡Las buenas señoras! ¡Qué felices van á ser! ¡Ah! Quisiera presenciar su alegría… Pero, díganme ustedes, porque esta aventura me apasiona, ¿han navegado ustedes millares de leguas por amistad al señor de Freneuse? ¡Ustedes, dos parisienses, han abandonado su París, sus placeres, sus costumbres, y viajado tanto tiempo, arriesgando sus vidas!…
—Marenval la arriesgó en efecto, dijo Cristián, pues por poco recibe una bala de revólver… Y si le hubiera usted visto en aquel momento… ¡Estaba soberbio!
Miss Harvey ofreció la mano con entusiasmo á Marenval y con una vibración en la voz que conmovió á Cipriano hasta el fondo del corazón, añadió:
—No pensé que usted se convertiría en un héroe; pero los franceses son capaces de todo… ¿Y usted, qué hacía en ese momento, señor de Tragomer?
—Tragomer, dijo Marenval, estaba en el agua con Jacobo, sosteniéndole, animándole bajo una lluvia de balas y en un sitio en que pululan los tiburones… Sí, miss Harvey, el episodio fué vivo… Tuvimos que echar á pique la lancha de la Administración para escapar á sus ataques; pero no hemos tirado ni un tiro, aun en defensa propia, pues no queríamos tirar contra franceses. ¡Oh! ¡De buena nos escapamos! Aseguro á usted que por la noche, cuando corríamos á toda velocidad, comimos con buen apetito…
—Su amigo estaba con ustedes, salvado por ustedes. ¡Qué alegría! ¡Y qué agradecimiento el suyo!
—Estaba como loco, pero recobró después su lucidez. Nos hemos comunicado nuestros descubrimientos y lo que él sabía y ha resultado clara la prueba de su inocencia.
Miss Harvey reflexionó un instante y dijo después con gravedad: