Tragomer movió la cabeza.
—Marenval ha hecho bien de plantear en seguida la cuestión como debe ser planteada. Ya ve usted, miss Harvey, como á la primera palabra se ha turbado, y qué peligroso es poner en conflicto su sinceridad con su interés.
Las mejillas de la joven americana se tiñeron de rojo. Echó á andar y dijo en tono decidido:
—¿Luego es cierto que Sorege está metido en el asunto en cuestión? Pues no crean ustedes que mi carácter me consiente ilusionarme en lo que le concierne. ¿Qué mujer sería yo si pudiendo saber la verdad respecto del hombre cuyo nombre debo llevar, rehusase el conocerla? Si ha cometido una mala acción, ¿la habría cometido menos porque yo me case con él? Taparme los ojos para no ver sería imitar al avestruz, que esconde la cabeza creyendo evitar el peligro. El señor de Sorege no tiene fortuna, no es un genio, no posee una instrucción excepcional; no tiene más que su nombre. Si ese nombre no está sin mancha, no le quiero por nada del mundo.
El golpe fué seco y duro como un latigazo. No se podía dudar de la buena fe de la joven, en cuyos ojos brillaba la franqueza.
—Pues bien, va usted á oir la verdad puesto que quiere saberla. En lugar de irnos á pasear por las costas de Egipto y de Siria, Marenval y yo hemos atravesado el istmo de Suez y por el mar de las Indias y Batavia llegado á la Nueva Caledonia. Con nombre y documentos falsos he bajado á tierra, he visto á Jacobo de Freneuse y el día siguiente, Marenval y yo, después de una espantosa escaramuza, le hemos arrebatado á viva fuerza.
—¿Es posible? exclamó miss Harvey entusiasmada. ¡Marenval y usted! ¡Dos franceses, dos hombres del gran mundo, han hecho eso! ¡Oh! Si Felipe y Edward lo supieran, perderían la cabeza…
—¡Silencio! Precisamente es necesario que no lo sepan, interrumpió muy bajo Tragomer.
—¿Entonces, han traído ustedes á ese pobre muchacho?
—Está á bordo de nuestro barco.