—Bien claramente lo dijo usted aquella noche, continuó Cristián sonriendo. Y hasta me maltrató usted un poco porque no intentaba nada en favor de mi amigo. Yo, exclamó usted, si un hermano mío hubiera sido condenado injustamente, no me detendría ante nada para libertarle. El mismo Sorege bromeó agradablemente sobre esto, sin lograr que usted se calmara, tan enfadada estaba usted conmigo. Por fortuna se calmó después y nuestra amistad no ha sufrido por aquella primera impresión.

Miss Harvey miró fijamente á Cristián.

—¿Por qué vuelve usted sobro ese asunto, puesto que no le fué favorable? Conozco á usted ya lo bastante para creer que lo hace por algo. ¿Hay alguna novedad sobre Freneuse? ¿Acaso ha adquirido usted la prueba de su inocencia?

Tragomer siguió andando, con la cabeza inclinada y sin mirar á la joven.

—¿Se puede hablar con usted en confianza? miss Harvey. ¿Las mujeres de su país saben ser discretas cuando se les pide que lo sean? Eso les daría una gran superioridad sobre las mujeres de Europa, que son incapaces de resistir al deseo de hablar y dejarían cortar la cabeza á su mejor amigo con tal de soltar lo que tienen en la punta de la lengua.

—Las mujeres de América, en ese punto, somos hombres, dijo miss Harvey. Puede usted confiarles un secreto, seguro de que se dejarán matar antes que revelarlo. Somos aún medio salvajes y tenemos los defectos y las virtudes de tales.

—Pues bien, entonces tendré confianza en usted y le contaré la mitad de mis proyectos… Veo en la cara de Marenval que me quisiera ver más reservado, pero, ¡que diablo! yo me arriesgo…

—Arriésguese usted, querido amigo, dijo Marenval, pero empiece por advertir á miss Harvey las consecuencias que puede tener nuestra empresa para cierta persona que le toca muy de cerca…

Maud se detuvo bruscamente y palideció.

—¿Se refiere usted al señor de Sorege?