—Además, dijo la joven, nada prueba que el señor de Tragomer me hubiera querido; y, según él mismo me ha dicho, su corazón no está libre.
—¡All right! Entonces, no hay más que hablar.
La preferencia de sus hermanos por el sencillo, altivo y rudo Cristián, influyó seguramente en miss Maud, pues desde que, una semana antes, llegó el Magic, fué á visitarle dos veces é invitó á Cristián y Marenval á comer en casa de su padre. Además, casi todas las mañanas encontraba á los dos franceses en Hyde-Parck, donde se paseaba á caballo con sus hermanos y al paso, lo que ponía á aquellos dos centauros en un estado de abatimiento lamentable. Pero se indemnizaban después con una buena partida de cricket, en la que Tragomer manejaba el mazo con un vigor que había contribuído no poco á conquistarle el favor de los hermanos de Maud.
El día anterior al en que las señoras de Freneuse estuvieron en el yate, Marenval y Tragomer estaban dando su paseo ordinario, cuando en la orilla de la Serpentina encontraron á miss Maud que iba á pie, seguida de un lacayo y de su coche.
—¿Dónde están sus hermanos de usted, miss Maud? preguntó Cristián.
—En el círculo de los Arqueros, donde según parece hay una apuesta de las más interesantes. Paseemos juntos.
—Con mucho gusto.
Se colocaron á uno y otro lado de la joven y tomaron su paso. Después de un momento de silencio, Cristián dijo con voz discreta:
—¿Se acuerda usted, miss Maud, de una conversación que tuvimos hace seis meses, el día en que tuve el honor de ser presentado?
—Sí, perfectamente, y he pensado después en ella con un particular interés. Se trataba de su antiguo amigo Jacobo de Freneuse y lo que usted me contó me impresionó vivamente. Estaba usted tan seguro de la inocencia de ese desgraciado, que muchas veces me he preguntado qué se podría hacer en su favor.