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Julio Harvey habitaba un hermoso hotel en Grosvenor-Square. Tenía casa puesta en Londres como en París y todos los años su hija le llevaba dos meses á Inglaterra. Uno ó dos de los hijos de Harvey se decidían con frecuencia á ir á ver á su padre á Londres, pues en Inglaterra se encontraban más en su centro que en Francia, cuyas costumbres, ideas y gustos les resultaban insufribles. Aquellos robustos jóvenes se ahogaban en los estrechos límites de las conveniencias sociales y muy á menudo sentían deseos de quitarse el frac en plena reunión y de meterse la corbata blanca en el bolsillo. La vida al aire libre de los ingleses les ofrecía un atractivo que compensaba las tristezas de los salones.
Al salir de una comida ó de una representación se embarcaban en el Támesis ó recorrían cincuenta leguas en ferrocarril para ir á cazar zorros y volvían frescos y contentos cuando habían roto algunos remos ó reventado algún caballo. Su padre les envidiaba, pero él estaba severamente sujeto por miss Harvey, que no lo dejaba hacer todo lo que quería.
La sociedad americana de Londres, tan favorablemente acogida por la gentry como la de París por el gran mundo, rivaliza en lujo con las familias más aristocráticas de Inglaterra y tira el dinero por la ventana con más fastuoso abandono todavía que en París. No parece sino que esos advenedizos de la fortuna, que apenas cuentan un siglo de vida nacional, quieren asombrar al viejo mundo con la exhibición de su extraordinaria vitalidad. Los ingleses, aun envidiando esa expansión de fuerzas y esa potencia un poco insolente, no pueden evitar cierta predilección hacia aquellos hijos ingratos que se emanciparon de su madre. No olvidan que corre por sus venas la misma sangre y como abuelos indulgentes se sonríen ante las travesuras americanas, hasta el día en que comprendan, con su sentido práctico, que tienen interés en fomentarlas. Entonces la alianza anglo-sajona será un hecho en ambos mundos, y el águila norte americana y el león inglés harán sus rapiñas de concierto.
Por el momento sus relaciones se limitan á veladas y comidas entre millonarios, preludios de bodas que cruzan la sangre de los nobles de la conquista con la de los ganaderos de puercos y explotadores de minas. La estadística de los matrimonios por los cuales las misses de Chicago, de Nueva-York ó de Filadelfia han entrado en las más ilustres casas inglesas, es muy curiosa. Se ve en ella que la Inglaterra ha recogido más de cien millones de dollars en forma de dotes. Y los periódicos del nuevo mundo, en competencia con las agencias matrimoniales, facilitan las transacciones publicando la lista de las jóvenes disponibles en los Estados Unidos, con la cifra de sus capitales.
Cuando la industria conyugal se exhibe de ese modo, se facilita singularmente el cambio de buenas relaciones entre los países productores de maridos y las regiones cultivadoras de mujeres.
La familia Harvey tenía, pues, un pie en Francia y el otro en Inglaterra, pero Francia triunfaba, puesto que el conde de Sorege había sido admitido como futuro esposo. Sin embargo, desde que Tragomer llegó á bordo del Magic y se presentó en casa del ganadero, parecía que el prestigio de Sorege había disminuído. Los dos hermanos más jóvenes, Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo por la fuerte complexión de Cristián fué muy significativa. El cow-boy Felipe declaró sin ambages á su hermana que hubiera debido escoger al noble bretón.
—Ese, decía, es de los nuestros. Monta á caballo como el viejo Pew, que nos ha educado; es incansable andando; maneja la carabina y el cuchillo; ha pescado en los grandes lagos… ¿Por qué, con tu dinero, no has encontrado un muchacho vigoroso como el conde Cristián, en lugar de buscarte ese bicho de Sorege? Puesto que Julio Harvey y Cª. pagan el dote que tu quieres, debías haber escogido lo mejor.
—Pero, Felipe, había respondido miss Maud, lo mejor en las praderas no es lo mejor en los salones. Estando yo decidida á vivir en Europa, es acaso preferible que sea la mujer de un hombre tranquilo que de un torbellino, como tú y los demás hermanos.
—Como es para ti, es justo que sigas tu capricho, añadió Edward; pero si piensas en tu descendencia, tienes más interés en casarte con un hombre robusto que con un alfeñique. En fin, allá tú.