Al alcance de la mano, más pálido aún por aquellas emociones contenidas, y al lado de Tragomer grave y atento, reconoció á Jacobo. ¡Era él! Era aquella mirada, que conocía tan bien, aquel movimiento de los labios que tanto había amado, aquel perfume acostumbrado, que llegaba hasta ella. Se estremeció y, segura ya, esperó resignada su sentencia. No quiso ya resistir á la fatalidad. Una fuerza superior se imponía á ella y después de tanto luchar, de tanto huir, de tanto temer, se replegó sobre sí misma y, pasiva, ofreció la garganta al cuchillo, como la fiera que se ve cogida sin remedio.

Jacobo habló y ya la duda fué imposible.

—Doy doblemente las gracias al señor de Tragomer, puesto que me ha hecho el honor de presentarme á usted, miss Harvey, y me ha procurado el placer de oir á la gran artista miss Hawkins.

—¿Vive usted en Londres, sir Carlton? preguntó Maud.

—Hace una semana. Soy un pobre provinciano y llego de un país al que me habían llevado reveses de fortuna. Me encontraba solo, abandonado é infeliz, pero unos amigos se acordaron de mí y me han sacado de mi desierto. Juzgue usted, pues, de la alegría que experimento esta noche y de mi agradecimiento.

Su voz era tan triste, tan dulce, tan tierna, que Jenny se sintió transida de dolor. Pero su enternecimiento no pudo durar mucho tiempo. Sorege, con una audacia que no debía retroceder ante nada, iba á meterse en la pelea y tomaba la ofensiva.

—Ha cantado usted divinamente, miss Hawkins, dijo mirando á sus adversarios con altivez, y comprendo el placer de este caballero…

Y al decir esto parecía interrogar á su prometida y solicitar una presentación. Miss Maud accedió á su deseo.

—Sir Herbert Carlton, un amigo del señor de Tragomer.

—Lo suponía, dijo Sorege con una ironía soberbia. ¿Pero miss Hawkins no nos hará el obsequio de cantar la segunda estrofa de esa preciosa melodía?