—Yo se lo ruego á miss Hawkins, añadió Jacobo.
Temblorosa ante aquella rápida sucesión de episodios, la cantante pasaba del temor á la esperanza y de éste á la desesperación con una rapidez capaz de agotar todas las energías. Sin embargo, luchaba todavía, y rígida, con su traje blanco, ninguno de los que la miraban hubiera podido sospechar la espantosa tempestad que se desencadenaba en el corazón de aquella desgraciada.
Nuestros personajes formaban en medio del salón un grupo compuesto de tres hombres y dos mujeres que hablaban con una calma y una corrección perfectas. Y, sin embargo, todos eran presa del terror ó de la cólera, sus corazones destilaban cólera y sus bocas contenían difícilmente las provocaciones y los ultrajes.
—Voy á cantar puesto que lo desean ustedes, dijo Jenny Hawkins.
—Colocarse, señores.
Miss Maud, cumpliendo la promesa hecha á Tragomer, cogió una silla y la llevó al lado del piano, á dos pasos de la cantante. Tragomer, Sorege y Jacobo, como si estuvieran de acuerdo, se dirigieron á la puerta de la estufa. Penetraron en ella y Sorege, sin vacilación, con una osadía que asombró á sus interlocutores, dijo:
—¿Pero qué significa esta comedia, Jacobo? ¿Cómo tú, aquí, con un nombre falso y aparentando no conocerme? ¿Qué quiere decir esa desconfianza? ¿Dudabas del placer que tendría en verte? ¿Por qué te has confiado á Tragomer y no á mi desde tu llegada?
En una frase la situación se planteaba claramente y sin ambages. Sorege era audaz, pero Jacobo no podía ya ser engañado, pues le conocía. Por eso contestó tan rotundamente como había sido interpelado:
—Estoy aquí con nombre falso, Sorege, porque soy un desgraciado que no puede llevar el suyo verdadero. Desconfío de tí porque sospecho que contribuíste á perderme y que estás dispuesto á hacerme traición.
—¡Yo! exclamó Sorege. ¡Yo! tu amigo de la infancia, que ha llorado tu desgracia como si fuera suya…