Lea contestó en tono brusco y desesperado:
—¡Porque te amaba!
—¿Y por eso me condenaste á un suplicio peor que la muerte?… ¿Quién era, pues, la mujer asesinada? ¿Qué te había hecho?
—Lo mismo que tú. Me hacía traición descaradamente; iba á marcharse contigo; me insultaba con su triunfo y se burlaba de mis celos…
Jacobo se estremeció. Acababa de comprender.
—¡Era Juana Baud!
—Sí; era ella.
—¿Y quién la mató?
Lea levantó orgullosamente la cabeza y respondió con acento terrible.
—¡Yo!