Se irguió espantoso y su cara expresó una implacable resolución. Pero Lea parecía más tranquila á medida que él se mostraba más exaltado. Se sentó lentamente en una silla, cerca de Jacobo, y dijo con dulzura:
—Es inútil que me amenaces; estoy resuelta á hablar. Si no te hubieras presentado á mí y yo hubiera sabido tu presencia en Londres, te hubiese ido á buscar. Hace mucho tiempo que este secreto pesa sobre mi conciencia y que el remordimiento me tortura… Hablas de lo que has sufrido… Vas á saber lo que he sufrido yo y después compararás. Acaso tu prisión no era más dura que mi libertad, porque tú tenías derecho de llorar, de maldecir, mientras que yo estaba obligada á brillar, á divertir á los demás, á encerrar mi dolor en mí misma. No he sido la única culpable, pero si sola para sufrir la expiación.
—¿Tenías cómplices?
—Uno solo.
—¿Sorege?
—Sí.
—¡El miserable! ¿Y por qué quiso perderme?
—Porque me amaba.
Jacobo se quedó inmóvil, silencioso, respirando apenas, tan oprimido estaba por la angustia de aquel momento solemne. Por fin preguntó:
—¿Pero tú, por qué te prestaste á su infamia? ¿Por qué contribuíste á perderme?