—Los muertos pueden volver á la tierra, Lea, puesto que estás viva delante de mi, que fuí condenado por matarte. Te creías desembarazada del infeliz Jacobo, ¿verdad? Y dormías tranquila creyéndome en una tumba más segura que la tuya. Yo también he salido, sin embargo, y vengo á pedirte cuenta de todo lo que he sufrido.

Lea movió la cabeza y dijo sordamente:

—¿Has sido tú solo el que ha sufrido? ¿La responsabilidad de lo ocurrido es de los demás ó de ti mismo? ¿Es posible que hayas olvidado lo que hiciste? Dos años son largos, cuando se sufre, y dan tiempo para reflexionar. ¿Has examinado tu conducta al mismo tiempo que juzgabas la de los demás?

—¡Desgraciada! Me recuerdas las horas más tristes de mi existencia, aquellas en que, solo y aherrojado, me volvía loco buscando las causas de mi desdicha. ¿Cómo había de juzgar lo que no podía comprender? Lo ignoraba todo en mi suerte; mi infortunio era para mí un enigma indescifrable. Por muy grandes que hubiesen sido mis faltas no bastaban para justificar el exceso de mi miseria. ¡Establecer responsabilidades! ¿Cómo hacerlo en la oscuridad de mi espíritu? Lea Peralli muerta; ¿por qué? ¿Cómo y á manos de quién? Ni los jueces, ni los jurados, ni mi abogado mismo, vieron lo que era imposible sospechar, aquel lazo infame en que era cogido un inocente. Y mientras yo me moría de dolor y de ignorancia, la pretendida víctima huía y se burlaba de la justicia y de la inocencia y se regocijaba con su cómplice por haber llegado á tan dichoso desenlace… Yo, con la cabeza llena de tinieblas, sometido á unos jueces que me tomaban por un malvado endurecido, á unos abogados que me encontraban estúpido porque callaba cuando era preciso defenderme, á unos guardianes que se mofaban de mi, á una prensa moralizadora que me arrastraba por el fango, á mi falta de conocimiento, que hasta me incitaba á creer en un crimen, fui á dar en Numea, entre bandidos y bajo un cielo de fuego. Y todo ¿por qué? Por haber tenido la desgracia de amar á una criatura feroz que jugaba con mis sufrimientos y se felicitaba por mi abyección.

Lea levantó los brazos y por primera vez miró á Jacobo con ojos aún turbados por el terror.

—¡No! No por haber tenido la desgracia de amarla, replicó, sino por haber cometido la indignidad de hacerla traición…

Á estas palabras, primer rayo de luz en la oscuridad que le envolvía hacia dos años, Jacobo se estremeció y toda su inteligencia se puso en tensión para penetrar el misterio.

—¡Ah! Empiezas al fin á confesar, infame… ¡Querías vengarte!

—Sí, contestó Lea con energía. Lo quise porque tú me obligaste. Y la mayor parte de lo ocurrido lo hizo la casualidad.

—¡Al fin voy á saber! exclamó Jacobo en una especie de delirio. ¡Te tengo aquí, maldita, y hablarás ¿entiendes? aunque tuviera que arrancarte tu secreto del corazón con las uñas! ¡Oh! no tendré piedad, como tú no la tuviste. No cuentes con ninguna gracia. ¡Vas á decirlo todo ó, por mi honor, que te mato, y esta vez no resucitarás!…