—Vas á marcharte á tu casa y á esperarme. Dentro de media hora iré. Da orden de que me reciban.
Lea bajó la cabeza y respondió:
—Obedeceré.
—Está bien.
Retrocedió un paso y dijo sonriendo á miss Harvey:
—Nos ha dado usted esta noche una fiesta deliciosa, y miss Hawkins ha cantado de un modo divino.
XI
Jenny Hawkins acababa de entrar en su departamento de Tavistock-Street. En pie en medio del salón alumbrado por dos lámparas de encima de la chimenea, caído el abrigo hasta la cintura, despidió á la doncella diciendo que se desnudaría sola, y se puso á acechar en el silencio la llegada del formidable visitante esperado.
Un ruido en la calle, solitaria á aquellas horas; un paso precipitado en la escalera y una mano impaciente que golpeaba la puerta. Lea atravesó el pasillo oscuro, y fué á abrir. Á la tenue claridad que salía por la puerta entreabierta, reconoció á Jacobo á pesar de traer el sombrero echado sobre los ojos y el cuello del gabán levantado hasta la nariz.
Freneuse entró bruscamente, pasó por delante de ella, se detuvo en el salón alumbrado, sin volverse siquiera para ver si ella le seguía, se quitó el sombrero y el gabán y apoyándose en la chimenea, miró fijamente á la que poseía el secreto de que dependía su salvación. Lea, aterrada pero más hermosa todavía por su mismo espanto con su traje blanco y sus hombros espléndidos, esperaba con la cabeza baja que él empezase á hablar. Jacobo dijo con acento de terrible ironía: