—¡Obligar á usted! ¡Qué violento término! No, queremos continuar la conversación con usted delante del señor de Vesín, fiscal de la Audiencia de París—¡tranquilícese usted!—en vacaciones, y nuestro amigo Marenval, á quien usted conoce bien. Cuantos más testigos haya de lo que hemos dicho y de lo que vamos á decir, mejor. Al contrario de lo que usted decía antes, estamos decididos á hacer todo el ruido posible. Jacobo no se convertirá para siempre en Herbert Carlton á fin de imitar á Jenny Hawkins por medio de esta ingeniosa sustitución. No, Sorege; no caeremos más en sus artimañas. Está usted descubierto y en cuanto Jacobo hable una hora con Lea Peralli, estará en situación de confundirle á usted y de rehabilitarse, puede usted estar seguro.
Sorege hizo un ademán tan amenazador, que Tragomer se puso delante de Jacobo. Estaban cuatro al rededor de él y toda esperanza de escapar era ilusoria.
—¡Miserables! exclamó, abusáis de la fuerza y del número para secuestrarme…
—¡Vamos allá! amigo, dijo Marenval; usted se burla. Llama usted secuestro á estar en una estufa deliciosa con personas bien educadas… Además, si usted quiere, vamos á llamar á miss Maud Harvey y á rogarla que le guarde á su lado hasta que miss Hawkins salga de esta casa y Jacobo con ella. En cuanto los dos se hayan marchado, tendrá usted toda libertad para entrar en los salones y cenar con los invitados de su suegro. No ponga usted, pues, mala cara y todo se hará correctamente.
Sorege pensó: "Si puedo estar libre dentro de media hora, aún podrá acaso arreglarse todo".
—No tengo nada que temer, dijo. Hagan ustedes lo que les plazca. No tenía intención de alejarme de aquí, pero me han insultado ustedes, me han violentado, y cuento con que me concederán una reparación si los que son honrados conservan un poco de valor…
Al hablar así miraba desdeñosamente á Freneuse y parecía provocar á
Tragomer:
—¡Cuidado, Sorege! exclamó Jacobo. No seas muy exigente esta noche, porque acaso mañana te quede tan poco honor que sea hacerte una limosna el responder á tu provocación.
Freneuse cambió una mirada con su enemigo, saludó á Vesín y salió de la estufa. Jenny Hawkins, rodeada de admiradores y con la sonrisa en los labios estaba en medio del salón. Vió de lejos á Jacobo que venía hacia ella y se estremeció, pero no hizo un movimiento. Sus brazos cayeron á lo largo del cuerpo como muertos, y su abanico palpitó entre sus dedos como una mariposa herida. Jacobo se aproximaba con la mirada dura é imperiosa.
Atravesó los grupos y aproximándose á ella logró aislarla entre mis Harvey y él. Empezó por pronunciar algunas frases corrientes de felicitación y en seguida, seguro de que nadie le veía más que ella, dijo secamente: