—¿Eres tú, Jacobo?
Pero la voz de Sorege me respondió:
—No, soy yo. Necesito decir á usted una palabra. Me voy en seguida.
Tuve intenciones de despedirle, pero la presencia de Juana me tranquilizó. Abrí y Sorege entró en casa sin sospechar que no estaba sola. Sin sentarse me dijo en seguida:
—¿Espera usted á Jacobo? No vendrá.
—¿Por qué?
—Porqué está en otra parte.
—¿En el círculo?
—No, acaba de salir de allí.
Se reía al hablar así, el monstruo, sabiendo todo el mal que me hacía.
Palidecí y él me dijo: