—Mírese usted en el espejo, Lea, y vea su cara descompuesta. Ese Jacobo va á matar á usted si no toma el partido de dejarle. La engaña lo bastante para que le haga usted lo mismo.

—¡Cállese usted, miserable! Bien sabe que si le engaño alguna vez, no será con usted.

—¡Á que sí! Y más pronto de lo que usted cree. ¡Es matemático! Usted será mía y Jacobo mismo habrá de procurarlo. Una mujer como usted no se resigna al abandono ni á que la engañen con viejas como la Deverrière y la Tresorier, ó con mujerzuelas, como…

Le interrumpí furiosa:

—Aunque Jacobo fuera mil veces más infiel, no le engañaría con usted. Con otro, puede… ¡Sí! Si supiera que eso le hacía á usted sufrir, acaso…

Sorege hizo un movimiento de cólera, y cogiéndome bruscamente por el cuerpo, balbuceó:

—¡Ahora mismo entonces! Ya te tengo…

Era forzudo y me había echado en un sofá. Yo me defendía llenándole de injurias al luchar, cuando la cortina del comedor se levantó y apareció Juana diciendo tranquilamente:

—¡Ande usted, señor de Sorege! No se moleste por mí ¿Quiere usted que le ayude?

El efecto fué inmediato. Sorege se levantó exasperado por su fracaso y temblando por sus esfuerzos, y salió sin decir palabra, pero echándonos una mirada mortal. Yo, con los nervios retorcidos y el corazón desgarrado, prorrumpí en sollozos y Juana, arrodillada á mi lado, se esforzó por consolarme. Sus besos enjugaban mis lágrimas y sus abrazos se estrechaban á medida que sus palabras se hacían mas tiernas. Estaba en sus brazos sin saber lo que hacía y sin pensar en lo que me decía Juana, á la que escuchaba aturdida sin otra sensación que la del agrado que producen las muestras de cariño después de una agresión brutal y de la espera indefinida de un amante infiel… Pasaba el tiempo y yo perdía la esperanza de verte volver. Juana me ofreció quedarse á mi lado con una voz tan suplicante, que no pude oponerme. Además era una mujer y me parecía que así no me hacía culpable para contigo. El día seguiente tuve vergüenza y quise no volver á recibir á aquella loca, pero la vi llorar y comprendí que iba á hacerle sufrir los mismos dolores que yo pasaba por ti, sin contar que encontraba cierta dulzura en tener un corazón á quien confiar mi pena… Así pasaron seis meses, los peores de mi vida. Te amaba más y con más pasión desde que no te pertenecía exclusivamente y prefería la muerte al pensamiento de separarme de tí. Debes recordar el fin de aquel horrible período, durante el cual pasabas en el juego los días y las noches, poseído de un vértigo en el que debían zozobrar tu fortuna, tu honor y tu vida. Sorege, que había vuelto como si nada hubiera pasado, me tenía al corriente de todas las fases de la partida empeñada por ti. Se había vuelto risueño y ya no me hablaba de amor. Debí temerlo todo, pero una especie de aturdimiento me dominaba y no estaba verdaderamente en posesión de mi razón. Vivía en una especie de desequilibrio moral y de tensión nerviosa que me tenían á merced de los impulsos de mi desesperación y de mi cólera. Te vi llegar loco de angustia, después de haber perdido cuanto tenías y debiendo pagar una suma en el círculo, so pena de ser expulsado, y te di mis alhajas para empeñarlas como te hubiera dado mi vida si me la hubieras pedido. Entonces—oye bien esto—entonces fué cuando se produjo aquel espantoso episodio que me hizo perder la razón y trajo todos los desastres.