Con la voz enronquecida por la emoción que le producían aquellos terribles recuerdos, Lea se calló un instante. Jacobo, impasible, no la interrumpía ya, poseído por el punzante interés del relato. Ni los sufrimientos inmerecidos de su antigua amada ni sus goces criminales le habían arrancado ni un suspiro. Había permanecido mudo ante las confesiones de celos y de traición. Él había expiado sus faltas y no tenía remordimientos. ¡Qué importaba lo que Lea decía de Sorege, de Juana, de ella y de él mismo! Lo que estaba ávido de saber era cómo le habían perdido y cómo podría rehabilitarse. Lea se pasó el pañuelo de encajes por la húmeda frente y comprimiéndose el corazón, que latía con fuerza, continuó:
—Oye lo que sucedió, imprevisto y monstruoso. El día siguiente de aquel en que te di cuanto poseía, recibí la visita de Sorege. Se presentó frío, la cara grave y como impresionado por un suceso de importancia. Se sentó y me miró en silencio con una expresión de piedad que nunca le había visto. Por fin habló y desde las primeras palabras mi furor no reconoció límites. Venía á contarme que eras el amante de Juana y que no teniendo esperanza de reponerte en París, habías resuelto partir con ella á Londres, donde acababa de firmar una contrata sin que yo lo supiera. Aunque acostumbrado á mis accesos de cólera, Sorege pareció alarmado y trató de calmarme con su pérfido aire de bondad.
—Bien había yo previsto que llegaría el momento en que tendría usted que contar con un amigo verdadero. Ya ve usted la inconstancia de su amante y la ingratitud de su amiga. Uno y otra la insultan y la engañan. ¿Vacilará usted en romper la primera con Jacobo y en poner en la puerta á esa insensata á la que ha hecho usted tantos favores?
Yo quise protestar, discutir.
—¿Quién me dice que usted no me engaña? Le creo capaz de todo para conseguir sus fines. ¿Cómo no habría yo sospechado ni visto nada de su intimidad? Tiene usted mucho interés en mentir para que le crea fácilmente.
—No se trata ya de discutir, dijo fríamente. Sepa usted que el mismo Jacobo me ha dado los detalles que acabo de contar. Juana, que habita un departamento amueblado, lo ha despedido la semana pasada. Sus baúles están hechos desde ayer y va á dejarlos en depósito en la estación del Norte. Ella se va á Boulogne y el saldrá por otra línea é ira á reunirse con ella. ¿Es claro todo ésto?
Hablaba con tal calma, que no traté ya de discutir ni dudé más. La verdad me anonadaba y una rabia loca empezaba á hervir en mi corazón. Bramaba de rabia, en aquel saloncito en el que había pasado horas tan dichosas, al verme vendida y abandonada á la vez por mi amiga y por mi amante. Sorege en tanto estaba impasible y sin decirme una palabra de consuelo, como si contase para su triunfo con el exceso de mi mal. Me miraba en silencio y por fin me dijo:
—¿No debe ver á usted Juana antes de partir?
—La esperaba en seguida. Mis criados tienen permiso y yo debía comer con ella… Pero no vendrá; no tendrá esa impudencia.
—¿Quién sabe? dijo Sorege. Es muy grande y muy delicado el placer de asistir á la mistificación que uno mismo ha preparado y gozar de la confianza estúpida de aquel á quien se engaña. No me sorprendería que viniese á dar á usted un beso antes de robarle su amante…