—¡Pobre de ella! exclamé.
—¡Bah! ¿Qué iba usted á hacer? No creo que pensase sacarle los ojos ó abrirle la cabeza. Eso sería muy vulgar.
No respondí. Por mi cabeza enloquecida y en la que las ideas parecían chocar unas con otras con un ruido de olas, pasaron fulgores siniestros. Me sentía arrebatada por un vértigo de muerte. Sorege me dijo:
—Siento mucho haber prevenido á usted, porque me parece dispuesta á hacer tonterías. ¡Vamos! cálmese usted. Después de comer vendré á ver si esta más tranquila y espero encontrarla razonable.
Se marchó y yo me quedé como desvanecida en un sofá, con la cabeza en los cojines, dando vueltas al veneno que había vertido en mi pensamiento aquel monstruo que, según he visto claramente después, lo había combinado todo para impulsarme á un acto de suprema demencia. Un campanillazo me sacó de mi sopor y me hizo poner en pie. Miré el reloj y eran las siete. Abrí y vi á Juana. Entró alegremente, me besó en la oscuridad del vestíbulo y me siguió tarareando hasta el salón donde se quedó admirada viendo á la luz del crepúsculo mi extremada palidez, mi desorden y mi angustia.
—¿Qué tienes? me preguntó inquieta.
La miré y la vi en traje de viaje con sombrero redondo y un saco de cuero. La certidumbre de que Sorege había dicho la verdad se imponía á mí fulminante. Recobré repentinamente mi sangre fría al ver tanta doblez y respondí con calma, casi con languidez.
—Tengo jaqueca; mira, estoy en traje de casa. Si quieres, no saldremos para ir á comer. Tengo aquí con qué improvisar una buena comida; nos quedaremos tranquilamente al lado del fuego y me harás compañía hasta muy tarde.
Ordinariamente Juana acogía esas proposiciones con transportes de alegría; pero entonces la oyó fríamente y una sombra pasó por su mirada.
—Me quedaré á comer, eso si, con mucho gusto, como te había prometido. Pero no podré pasar la velada contigo. Tengo cita para un asunto serio con mi profesor de canto Campistrón. Tendré que dejarte á las nueve.