Su hipocresía me puso fuera de mí.

—¿Estás segura de que es á ver á tu profesor de canto á donde vas?

Mi acento, mi actitud y mi palidez la turbaron repentinamente.
Retrocedió un paso y balbuceó:

—¿Pero qué me preguntas? ¿Por qué había de engañarte?

Fui hacia ella hasta tocarla y cara á cara le dije:

—Porque ya me has engañado y me sigues engañando; porque eres una infame que no contenta con robarme tu ternura, me robas también la de mi amante.

Enrojeció y con los dientes apretados por el temor y por la cólera, respondió:

—¿Quién ha dicho eso?

—Yo lo sé.

—¡Es falso!