—¡Me ha pegado! Mire usted mis brazos, mi cuello… ¡Tuve necesidad de defenderme!

Sorege respondió con una flema horrible en semejante situación:

—Estoy convencido. Pero esta mujer ha muerto y usted está perdida.

Yo me arrojé á él:

—¡Oh! No me abandone usted! ¿Qué voy á hacer sin ayuda? ¡Sálveme!

Me eché á llorar mientras él me miraba con tranquilidad.

—¿Yo abandonar á usted? ¿Cómo puede creerlo? Sabía que me necesitaría usted en un momento dado y debe estar segura de encontrarme. Aquí estoy pronto á defenderla.

—¡Dése usted prisa!, exclamé temblando de fiebre.

—Tenemos tiempo. Son las nueve; los criados no volverán antes de las doce y no entrarán en esta habitación…

—No.