—El único que puede venir es Jacobo y ese no vendrá seguramente. Somos, pues, dueños de nuestras acciones.

Reflexionó un instante; después miró á la muerta y repitió varias veces:

—Sí; es el único medio. No hay otro partido que tomar. Suceda lo que quiera es preciso asegurar la fuga.

Se acercó á mi y me dijo dominándome con toda su resolución firme y lúcida:

—Es imposible sacar este cadáver de aquí. Le encontrarán, pues, fatalmente mañana cuando usted se haya escapado. Pero se descubrirá su identidad y usted será perseguida y presa. Hay aquí una mujer muerta, ¿por qué ha de ser Juana Baud?

—¿Pues quién ha de ser? pregunté.

—Usted.

—¡Yo! ¿Cómo es posible? Usted pierde el juicio.

Sorege continuó sin responderme:

—Juana Baud lo ha arreglado todo para marcharse y si desaparece nadie la buscará. Es preciso que la mujer muerta aquí sea Lea Peralli. Lea se va á Londres con el nombre de Juana; nadie la conoce y puede tomar pasaje para América. Mientras, los agentes de policía, los magistrados y toda la cuadrilla judicial se da de calabazadas para desembrollar el lío que les hemos dejado entre las manos. Juana y Lea tienen la misma estatura, las mismas carnes y sólo difieron en la cara y en el color del pelo, pero la cara se puede desfigurar y el agua que sirve á Lea para teñirse el cabello puede servir para Juana. La identidad se establece con un frasco de tinte en la cabeza y un tiro de revólver en la cara. Lo mismo da que Juana haya muerto de un tiro que estrangulada; no cambia más que el género de muerte y esto es poca cosa. Lo importante es despistar á los listos de la policía. ¿Y cómo no lograrlo? Se encuentra una mujer muerta en su casa, vestida con sus ropas; ¿quién va á dudar que es ella y por qué echarse á buscar por otro lado? Lea Peralli se queda muerta y Juana Baud corre por el mundo. He aquí resuelto el problema. ¿Quién dice que esto es difícil?