Se puso á reir en silencio viendo mi estupor. Había seguido su razonamiento y comprendía su formidable habilidad. Pero exclamé:

—¿Y si yo me escapo y Lea Peralli aparece muerta quién había cometido el crimen?

—¡Bah! dijo Sorege en tono burlón. Es usted muy curiosa. ¿Quién ha de haber cometido el crimen? La persona á quien aproveche.

Temblé al comprender, pero él no me dejó tiempo de dudar.

—¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Quién ha hecho á usted traición indignamente? ¿Quién iba á llevarse otra mujer con su dinero de usted en el bolsillo? ¿Quién, acribillado de deudas, sin esperanza, sin crédito, casi sin honor, puede ser moralmente considerado como capaz de asesinar á su querida?

—¡Jacobo! exclamé llena de horror. ¡Oh! Jacobo… ¡Jamás! ¡Jamás!
¡Prefiero entregarme, que me prendan, que me juzguen, que me maten!
Cometer semejante infamia… ¡No! ¡No!

—Una infamia semejante á la suya… No hará usted más que corresponder, sencillamente… ¡Cuántos escrúpulos, cuando él ha tenido tan pocos! ¡Él había resuelto plantar á usted, sin pensar si moriría de desesperación y de cólera!

—¡No! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Déjeme usted!

Aquel hombre se puso entonces duro y amenazador.

—¡Oh! ¡Basta ya! Soy muy tonto en tomarme el trabajo de convencer á usted. Quiero salvarla y se empeña usted en perderse. ¡Allá usted! ¿Qué me importa á mi todo esto? Soy su último amigo, el más seguro, el más adicto, y Dios sabe en qué responsabilidades incurro… ¿Usted me rechaza? ¡Adiós!