Dió un paso hacia la puerta pero el pensamiento de quedarme sola con aquel cadáver me quitó toda mi energía. Mi suprema honradez, vencida por los argumentos capciosos de aquel miserable, vacilaba, pronta á ceder.

Ese hombre intentó todo lo que puede corromper un alma que resiste al mal y quiere refugiarse en el sacrificio, y su victoria fué pronto completa. ¡Oh! ¡Noche espantosa! fué preciso desnudar á la muerta, ponerla mi ropa, mis zapatos y mis alhajas, y por fin, entre los dos, tuvimos que teñir sus cabellos. Sus oscuros bucles se convirtieron en rubios en nuestras manos profanadoras. ¡Cuadro de espanto y de horror, aquel agua perfumada corriendo por la pálida frente del cadáver, aquel fúnebre disfraz para el ataúd! ¿Cómo pude soportar esa prueba sin que mi corazón estallase en pedazos? Lo que después pasó se pierde en una especie de densa niebla… Estaba medio muerta cuando Sorege, con un revólver que tú me habías regalado tiró á boca de jarro tres balazos en la cara de la víctima, ya inerte hacía algunas horas. Aquel hombre me vistió con el traje de Juana, me puso su sombrero en la cabeza y un espeso velo por la cara; y tomando el saco de cuero que contenía los papeles de la víctima, me hizo salir de mi casa. No tomó, de todo lo que me pertenecía, más que la papeleta del Monte de Piedad que tú me habías enviado aquella misma mañana. Yo ignoraba entonces el uso que quería hacer de ella. Me llevó á la estación, recogió los baúles de Juana con el talón que encontró en el saco, y tomándome un billete de primera, me puso él mismo en el tren de Boulogne. Viéndome allí en seguridad, me dijo:

—Vaya usted á parar al hotel del Casino y espéreme. Mañana por la noche llegaré para darle noticias.

Partió el tren. Sorege me hizo un último signo de animación y casi desvanecida de fatiga y de angustia, me alejé de París, dejando tras de mí el horror de un doble crimen; el que yo había cometido y el que había dejado cometer.

Jacobo inmóvil, temblando, miraba á Lea con más lástima que cólera. Estaba penetrado del horror de la situación en que aquella desgraciada se había encontrado. Olvidaba las terribles consecuencias que el acto cometido había tenido para él y no pensaba más que en el peligro que había corrido su querida. Con mucha lentitud dijo:

—Sí, todo estaba audazmente combinado y debía resultar. Mi turbación y la imposibilidad en que me encontraba de sospechar la suerte de Juana debían asegurar el secreto. Una mujer muerta en casa de Lea y vestida con su ropa, ¿quién podía ser sino ella? Yo mismo no lo puse en duda. Menos firme que tú, volví los ojos cuando me enseñaron el cadáver en la siniestra losa del depósito. ¡Hay qué tener una disposición especial para examinar de cerca los muertos! No supe más que llorar, cuando hubiera sido preciso discutir y examinar! ¿Y tú, no pensabas todo esto, desgraciada, mientras pasaban las horas, asegurando mi pérdida?

—Sí, Jacobo; lo pensaba. Pero Sorege vino, como había anunciado, y sometida á la dura autoridad de mi cómplice, no podía resistir. Lo intenté, sin embargo, desde el primer momento. Tuve una crisis de desesperación y de remordimientos y le supliqué que buscase un medio de disculparte cuando yo estuviese en salvo. Aquel hombre se echó á reir y dijo con espantosa ironía:

—¿Que yo me meta en ese sucio negocio para servir al señor de Freneuse? ¡En seguida! ¿Está usted loca? Él se ha metido en ese atolladero; que salga si puede.

—Pero su madre no ha hecho nada y va á llorar lágrimas del corazón. Su hermana es inocente y vamos á aniquilar su porvenir…

Sorege cambió de expresión y dijo abandonando su calma: