—¡No me hable usted de su hermana! Odio á toda esa gente y á su hermana más que á los demás ¿entiende usted? Tuve el valor de pretenderla y me rechazó… ¡No lo olvidaré!
Estaba en aquel momento tan atroz, tan monstruoso, que perdí la cabeza.
—¡No quiero permanecer á merced de usted!… ¡Le tengo miedo! Su amistad es tan temible como su odio. Déjeme usted marcharme; será de mi lo que Dios quiera, pero separémonos…
Me cogió un brazo y, perdiendo todo disimulo, dejó de ser el hombre bien educado que yo había conocido y se volvió grosero y brutal.
—Criatura estúpida ¿crees que estoy aquí para obedecer tus caprichos? Soy tu dueño, no lo olvides. ¡Me perteneces! Si te he sacado del mal paso es porque te deseo y nada más. ¿Qué me importaba á mi que te cortasen la cabeza por haber matado á tu compañera en un acceso de celos? ¿tengo yo la costumbre de intervenir en cuestiones de mujerzuelas? Me he tomado el trabajo de salvarte porque me gustas y quiero poseerte… ¡Y voy á satisfacer ahora mismo mi capricho!
Me cogió y yo traté de resistir, pero estaba aniquilada por las emociones sufridas. Sentí sus labios sobre los míos y exclamé:
—¡Me horroriza usted!
—¡Pues yo te encuentro deliciosa!
—¡Prefiero morir!
—¡Bah! eso se dice, y luego…