Su cara se oscureció y en su frente apareció una sombra de terror.
—Pero Sorege sabe que lo has descubierto todo. Sabe que estamos encerrados aquí y que voy á hablar… ¡Cuidado, Jacobo!
—No le temo.
—¡Haces mal!
—No puede nada contra mí. No doy un paso en Londres sin ser seguido por la policía francesa, que me vigila y me protege al mismo tiempo. Y él lo sabe.
—Entonces estoy perdida. Para impedirme que le acuse tratará de deshacerse de mí. Para castigarme por haberle abandonado, descargará sobre mí su ira…
—Bastante tiene que hacer con defenderse contra mí; tenemos que arreglar los dos una terrible cuenta. Puedes creerme, pobre mujer; él está más en peligro que tú.
Jacobo se quedó un instante reflexionando.
—Me has ofrecido darme tu confesión por escrito… La acepto. Puedes estar tranquila; no me serviré de ella hasta que estés en seguridad. Permanece encerrada en tu casa. No recibas á nadie y menos á Sorege, y yo me encargo de desembarazarte de él.
-Lea movió la cabeza dolorosamente.