—Y prevendremos en seguida á mi madre de que todo va por buen camino, dijo Jacobo.
—Yo iré, si quieres, ahora mismo á ver á la señora de Freneuse, dijo
Tragomer.
—Sí, querido Cristián, respondió Jacobo sonriendo. Eso te corresponde porque eres el iniciador, el primero que vió en la oscuridad y mostró á Marenval la pálida y lejana luz que te guiaba.
—Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo Cipriano con sencilla expansión, me parece estar soñando. Me veo todavía en el comedor del círculo, cuando después de marcharse Maugirón con las mujeres, Tragomer empezó á contarme esta historia. Al principio su relato me pareció imposible, después empezó á interesarme la verdad que se vislumbrada y por fin me sentí como loco. Sentía un deseo terrible de entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las complicaciones que iba á afrontar… ¡Ah! debo confesarlo; sin el ascendiente que tomó sobre mí Tragomer desde aquella noche, hubiera abandonado la empresa. Pero me impulsó, fuerza es decirlo. Y una vez el dedo meñique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Después, la visita á la señora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la entrevista con Campistrón… ¡Ah! querido Jacobo; aquéllo era extraordinario. Cada paso que dábamos en nuestro camino, veíamos más claro. Jamás dos hombres han corrido aventura más interesante. Ir en busca de un Nansen ó de un Andrée no era nada en comparación con el interés de nuestra empresa, pues no sólo íbamos á socorrer á un hombre, sino á descubrir la verdad. Vezín lo vió bien cuando nos dijo: "No van ustedes á lograr nada, pero les envidio la tentativa que van á hacer y si yo no tuviera una posición oficial, me iría con ustedes". Pues bien, después de haber ido contra viento y marea, henos aquí en el puerto, con Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso éxito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.
—La verdad no está todavía en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo estará esta noche.
Tragomer movió la cabeza con aire preocupado.
—Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesión de la culpable, no estaré tranquilo.
—¡Bah! ¿Qué teme usted todavía? preguntó Marenval impaciente.
—Que Sorege haga desaparecer á Jenny Hawkins antes de que escriba su declaración. Conozco la autoridad despótica que ese bribón ejerce sobre la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamoteó en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre para encontrar un medio de alejarla y, después, ¡échala un galgo!
—¡Por vida de!… Prevengamos á la policía inglesa, exclamó Marenval con la violencia de un hombre á quien se discute una victoria que considera ya obtenida. No nos dejemos vencer á última hora por ese malvado. Se burlarían de nosotros.