—No tengáis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha comprometido á permanecer encerrada en su casa y á no recibir á nadie hasta esta noche. Mañana se marchará y Sorege no podrá contar más que con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. Tú, Cristián, vete á llevar la buena noticia á mi madre. Usted, Marenval, á casa de Vesín. Yo iré á ver á miss Harvey y allí nos encontraremos todos después.
En cuanto Sorege despertó y tomó su desayuno, tomó un coche de alquiler y se dirigió á Tavistock-Street. Nunca el tal hacía las cosas á medias. Había dormido y comido bien y se sentía dueño de sí mismo. Lo importante era hablar á Lea. Si lo conseguía, no desconfiaba de traerla á su partido. Ante todo era preciso saber qué se había tramado entre ella y Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, salió Sorege de sus meditaciones. Saltó al portal y subió vivamente la escalera.
Un viejo gentleman, vestido con un pantalón roto, una levita adornada con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la fisonomía y en el traje extremadamente miserable, Sorege observó detalles que le llamaron la atención y lo hicieron sospechar si aquel hombre sería un polizonte. Miró por el hueco de la escalera mientras subía lentamente y el hombre había dejado de lavar el suelo y le seguía con la vista. Llegado al segundo, Sorege llamó. Ningún ruido en el interior, ningún golpe de puertas, ni el más ligero rumor de pasos. Un silencio de casa vacía. Llamó de nuevo y esperó con el corazón agitado. Nada se oyó. Sorege tenía la convicción de que Lea estaba en su casa y no quería abrir y veía claramente que entraba en lucha con él y estaba ganada por sus adversarios. Palideció de cólera, pero resistió las ganas que tenía de echar la puerta abajo de un puntapié y entrar por fuerza. El gentleman de los guiñapos y del sombrero de copa, que había dejado de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pensó y ésta idiota de mujer llama, puedo ser conducido al puesto de policía. No arriesguemos el tener que entrar en explicaciones. Permaneció todavía un instante escuchando á través de la puerta y le pareció oir como un vago rumor de respiración. Pensó que acaso Lea escuchaba también acechando con ansia su partida, y como si hablase á una sombra dijo en voz muy baja:
—Jenny, sé que está usted ahí. ¡Loca! Ábrame usted. Va en ello su salvación… Los momentos son preciosos… La engañan á usted… Escúcheme…
La sombra no respondió y Sorege, con el corazón henchido de rabia, hizo un gesto de amenaza y se decidió á bajar lentamente la escalera. El gentleman de los harapos se había vuelto á poner á su limpieza, y al pasar Sorege se llevó la grasienta mano al sombrero y dijo con voz ronca:
—¿Busca usted á la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo el día…
Sorege no se dignó siquiera responder… Miró al hombre de alto á bajo y salió. Subió al coche que le esperaba y se hizo llevar á Hyde-Parck. Eran las diez. Bajó en la esquina de Piccadilly y se dirigió al jardín á pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso. Evidentemente Lea le hacía traición, pero ¿qué habría dicho? ¡Las mujeres son tan hábiles para presentar las cosas bajo el aspecto que más les conviene! Sin confesar toda le verdad, ¿no había podido echar sobre él la responsabilidad? Á este pensamiento cerró los puños y su semblante se contrajo. Como él mismo decía anteriormente, no había testigos y esto que le favorecía podía también hacerle daño, pues si bien él podía negar toda participación en el crimen, Lea por su parte, podía afirmar que era él quien le había cometido ó ayudado, al menos, á cometerle. La seguridad de los dos había siempre dependido de su unión. De acuerdo, podían defenderse; separados, estaban perdidos.
Allá, en la orilla de aquel precioso río artificial rodeado de verde musgo y sobre el cual inclinaban los árboles sus hojas nacientes, Sorege tuvo conciencia de su pérdida inevitable y tembló de miedo y de cólera. Pero no pensó en capitular; antes al contrario, se afirmó en el propósito de luchar hasta el último extremo, aunque hubiera de perecer. Una sonrisa crispó sus labios. ¡Perecer! sí, pero no solo. ¡Sucumbir! muy bien, pero no sin vengarse.
Los jinetes empezaban á aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los coches rodaban al trote de sus tiros, los más hermosos del mundo. La vida elegante renacía en su diario y monótono esplendor. Sorege no pudo soportar el espectáculo de la tranquilidad ajena y se metió un el interior del parque, por el lado de Kensington, donde paseó como unas dos horas esperando el momento de ir á casa de Julio Harvey. Entró en una fonda de Regent-Street, comió como de costumbre, y dando las dos, llegó al hotel de Grosvenor-Square.
Subió la gran escalera y en el primer piso encontró al ayuda de cámara que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le introdujo como todos los días en el saloncillo donde miss Harvey tenía costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la chimenea, donde ardía un claro fuego de leña. La ventana, en cambio, estaba abierta y dejaba entrar el sol á raudales. Maud se levantó al ver entrar á su prometido y salió á su encuentro sin que nada indicase en su actitud un cambio de disposiciones respecto de él. Tenía la cara jovial y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y no pudo dar la mano á Sorege. Le indicó un asiento enfrente de ella, dejó la labor sobre la mesa y cerró la ventana.