Á pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se venía abajo por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias acumuladas para perderle no habían servido para nada. Arrojado al fondo de un abismo tan profundo que parecía imposible salir de él, Jacobo subía hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y él tenía que asistir impotente á aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante de venganza se impuso á su pensamiento; necesitó herir á su enemigo aunque él tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se encontraba había que jugar el todo por el todo. Sorege no dudó é hizo de antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar á Jacobo.
Entonces decidió volver á casa de Lea. Ella debía decidir de su triunfo ó de su pérdida; ella sola podía proporcionarle medios de defensa. Si Lea quería, si él lograba una vez más dominarla, fuese por la persuasión, fuese por la violencia, todo se podría arreglar. Tomó por el Strand y se dirigió hacia Tavistock-Street. Eran las cuatro cuando pasó por Charing-Cross.
Sorege pensaba: Lea comerá en su casa antes de ir al teatro, según su costumbre. Si esta mañana no estaba en casa cuando me presenté, la encontraré seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio, es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea más que un cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la obligaré á obedecerme. Su voluntad será paralizada por la mía.
Llegó á la casa, entró y observó con satisfacción que el polizonte de por la mañana no estaba en el portal. Subió vivamente y llamó á la puerta del departamento. Nadie respondió; el mismo silencio de abandono. Permaneció escuchando un largo rato y no percibió señal alguna de vida en la casa. Sorege tembló al pensar que acaso Lea se había marchado para no encontrarse enfrente de él. Si Jacobo la había hecho mudarse, ¿cómo encontrarla en aquella inmensa población? Y la hora avanzaba, y el peligro se hacía cada vez mayor. Era preciso impedir á toda costa que la traición se consumara. Si Lea había hablado había que impedir que escribiese, pero para esto había que verla, y la puerta seguía cerrada, y la casa parecía vacía. Sorege dijo en voz alta:
—Aunque tenga que estar aquí hasta la noche, la he de ver.
Se sentó en un escalón y allí permaneció en la oscuridad, emboscado como un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:
—Esta loca tiene miedo de mí, que vengo á salvarla, mientras que los otros la engañan y la pierden.
Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente. La cólera se apoderó de Sorege. Se levantó y dijo estremeciéndose de impaciencia:
—Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabré si esta mujer se oculta de mí.
Retrocedió dos pasos y se arrojó con tal fuerza contra la puerta, que esta no quedó, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el mismo instante se abrió la puerta y Lea, muy pálida, apareció en el umbral. Con un ademán indicó la casa á Sorege y dijo con voz cansada: