—Está en Londres, en el Princess-Theâtre. Lo he leído estos días en los periódicos. Además, la casualidad me ha servido mejor que yo podía esperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misterioso que acompañaba á la cantante en San Francisco.

—¿Le conoce usted?

—Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al bridge con unos amigos, en el círculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de los jugadores derribó la pantalla de su bujía al encender un cigarro y la prendió fuego. El que jugaba con él dijo entonces vivamente: ¡Cuidado! y yo me estremecí al oir esa palabra, pues reconocí la entonación y el acento del que la pronunció en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volví prontamente y miré al que acababa de hablar. Él me vió volverme y también me miró. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en la suya leí claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido. Fingió una sonrisa y dijo alegremente:

—No quememos el material, ¿verdad Tragomer?

—Y ese hombre, ese socio del círculo, que trataba á usted tan familiarmente… ¿quién era?

Tragomer se puso sombrío; la animación de su semblante dejó plaza á una intensa palidez y dijo, bajando la cabeza:

—Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compañero de locuras de Jacobo de Freneuse cuando éste era libre y dichoso…

Marenval expresó el más completo asombro; su fisonomía tomó un aspecto de desolación.

—He aquí, dijo, el último nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro é
inexplicable. ¿Cómo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen?
¿Para qué? ¿Con qué pretexto? Si á alguien es imposible acusar es á él.
Estamos detenidos en los primeros pasos.

—No se desanime usted tan pronto, replicó gravemente Cristián. Nada es imposible ni inverosímil. Tropezamos con la personalidad de Sorege y con su cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qué interés ha podido tener en perder á ese inocente, pero no dude usted que daremos con los móviles que le impulsaron. Porque es él, ¿entiende usted?, es él quien estaba en San Francisco, él el culpable. Me costará trabajo probarlo, pero lo probaré de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidad de un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aquí no sólo tenemos que perseguir á un criminal, sino rehabilitar un inocente. Es, pues, preciso tener tres veces más certidumbre que en un asunto ordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto más difícil es la misión que uno se impone, más brillante es el éxito. ¿Está usted pronto á ayudarme?