II

Hay en París casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegría. En las fachadas se lee la desdicha ó la felicidad como en la fisonomía de los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en las unas parece que los habitantes deben estar colmados por todos los favores del cielo; en las otras podría creerse que han de caer todos los males de la humanidad sobre los que allí se alberguen.

Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, la tristeza y la mala suerte, ninguna más lúgubre que la situada en la calle de Petits-Champs, número 47 duplicado, ante la cual se detuvo muy temprano, el primer día de Pascua de Navidad, el coche de Cipriano Marenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero:

—Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora; tiene mucho calor… Yo estaré aquí un rato y hay una corriente de aire atroz en esta calle.

Marenval se subió el cuello de su gabán de pieles, alzó los ojos hacia la puerta que se abría delante de él y, ya mal humorado sin más que haber mirado aquel pasaje poco atrayente, entró resueltamente en el patio. En el fondo había un edificio de aspecto monacal, fachada ennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojos cerrados, y al que se subía por una escalera de cuatros escalones verdosos á causa de las lluvias. Marenval llamó y un timbre resonó en la casa turbando el silencio con un ruido sacrílego. Al cabo de un momento el visitante vió á través de los vidrios un viejo que se dirigía á abrir la puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quitó á Marenval el gabán y le dijo con tierna familiaridad:

—Sí, Señor, las señoras están en casa y se van á alegrar mucho de ver al señor, después de tanto tiempo…

—Están tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difícil ponerse al mismo diapasón que ellas… Por muy afligido que uno esté, teme ofender su dolor al tratar de consolarlas.

—Sí, señor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienen consuelo.

—¿Y cómo están de salud?

—Están bien, señor; no se puede decir que están mal… ¡Ah! si su espíritu estuviese lo mismo… ¡Pero no lo está! no, no lo está.