Marenval movió la cabeza con aire de importancia.
—Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar. El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de una discreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo. Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tiene usted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos á emprender.
—¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todas las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en una tumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz. ¡Bendito sea usted por el bien que me hace!
—Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima, hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés de todos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias.
—Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no recuerde podrá precisarlo mi hija.
—Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que los demás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege.
La señora de Freneuse respondió vivamente:
—Sí, Juan de Sorege… Era un excelente muchacho, de muy buena familia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven… Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su juventud… Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las que tanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos…
—¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías?
—Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y precisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo, con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serle favorable.