—De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo…

—Como el mejor que pudiera tener.

—¿Era rico ese joven?

—No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraer deudas para asociarse á sus gastos… ¡Ese fué el principio del desastre!

—Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacobo conoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura… á esa Lea Peralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él?

—Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito de esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper con ella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el medio de sorprenderla.

—¿Y esa carta existe?

—La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontró nuestro criado en el cuarto de Jacobo… Á consecuencia de esto, se produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo… Estuvieron á punto de batirse… Pero amigos comunes arreglaron el asunto.

—¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidad hacia su antiguo amigo, después del acontecimiento?

—No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza y simpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo pensaba como yo en mi casa.