—Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, mi querido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar á usted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello del bretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza:

—¡Qué hambre da esta carne de hombre!

—Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando una cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.

Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal, hermosa porcelana y rica argentería.

—Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después de la agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito, después de comer!

—¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba un poco… tocado era Tragomer. ¡Qué cosas nos contó, ese monstruo!

—Si, hablemos de lo que nos contó… Hizo sus confidencias á Marenval.
Á nosotros nos puso en la puerta.

—Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la Olimpia. Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la garganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!…

—Me gustó más la Loïe Fuller.

—¡Oh! no; hace daño á la vista.