Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un château Iquem que Maugirón les había recomendado y que parecía obtener los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más que agua, dijo al dueño de la casa:

—En efecto, tu vinillo es bastante bueno… Oye, ayer encontré á
Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia?

—La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general.

—¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio… Maugirón, tu degeneras.

—El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservar como oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme de solteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómo reponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderían aquí un importante mercado…

—¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la Vida
Parisiense
?

—Por no oscurecer á los redactores.

—¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que se extraviase la conversación.

—Eso se dice por ahí, hace algún tiempo.

—¿Y con quién?