Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la Ópera, con la que tenía dos hijos.
El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta y todos se dirigieron á la mesa.
Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados, solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.
—Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo menos de tu sempiterna música.
Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.
—Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina, de estrategia, de pintura, de política?
—No hables, lo prefiero.
—Aunque rabies, espera un poco… Canción de Silvain, los Dragones de
Villars, acto segundo, escena…, dijo Frecourt riendo.
—¡Vaya! Ya se desató.
—Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas, los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.