—¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.

—¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio obligado de los festines.

—¿Á que vas á pedir tziganes?

—Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los tziganes de ese tiempo.

—¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?

—Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina y no era más que poeta…

—¡Digo! Si hubiera sido músico…

—Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.

—Estaban borrachas… Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso tocar lo que ellas le pedían.

Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.