—¿Y ganas?
—Algunas veces.
Tragomer miró á Sorege y dijo tristemente:
—No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.
Por muy dueño que fuese de sí mismo, Sorege se estremeció al oir aquel nombre. Su cara se cubrió de palidez y, casi en voz baja, replicó:
—En el juego que él hacía era imposible ganar.
Tragomer, entonces, sacudió la cabeza y dijo con voz firme:
—Sobre todo cuando hay que habérselas con adversarios que señalan las cartas…
Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como si fuese á dejarse llevar á alguna declaración imprudente. Pero logró dominarse, dió tres pasos para dejar á Tragomer y volviendo en seguida hacia él, le dijo:
—¡Cada cual es dueño de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo estuviese aquí, él mismo te lo atestiguaría.