—Cuando te cases ¿irás á vivir en América?

—Dios me libre. América, como has podido ver, es un país imposible. Tanto valdría vivir en una manufactura de provincia, en medio de la agitación de los negocios y sin ningún recurso para distraerse. Los americanos que han hecho fortuna saben bien que su país es inhabitable como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran á venir á establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no había más que obligarles á vivir en sus United States. Se morirían de fastidio.

—Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensión á casarse con franceses ó ingleses.

—Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan algunas encantadoras misses, muy rubias, de talle largo y piernas cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay que cruzar las razas, Tragomer.

—Sí, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinión por el momento. Pero daré con mucho gusto la enhorabuena á tu prometida por la buena elección que ha sabido hacer.

—Pues bien, te llevaré á casa de Harvey una de estas noches. Se beben allí licores extraordinarios. Tú no los extrañarás mucho.

—Lo que haré será no beber nada.

Ambos reían con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda intención. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de las palabras que habían cambiado ni la importancia de los intereses que andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de Sorege, hubiera observado que le tenía empapado en sudor como si acabara de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente cogidos del brazo, pasaron á la sala de juego y se aproximaron á la mesa del baccará.

—¿Juegas ahora? preguntó Tragomer.

—De vez en cuando, para pasar una hora.